324 pasos para un encuentro

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Casi 100 kilómetros después de Santiago de Cuba todavía nos quedaba la sensación de sorpresa. Los integrantes del Consejo de Dirección universitario llegaron a El Uvero, en el municipio santiaguero de Guamá, para su sesión ordinaria correspondiente al mes de junio del presente. El cálido recibimiento, la presentación del proyecto Longevidad Saludable de la CUAM y las palabras del presidente del Gobierno local fueron la antesala del histórico encuentro.

Lo mejor vendría después: desde la Casa de la Cultura hasta la cima de la montaña vecina, justo en el sitio desde donde Fidel diera la señal para el ataque al Cuartel de El Uvero, hace más de 57 años, se empina una escalinata. La sola mención de la cifra de escalones, 324, hizo dudar a muchos, pero pudo más el deseo y el entusiasmo.

La ascensión trabajosa, con varias paradas “para contemplar el paisaje”, tuvo su premio en la cima y la emoción, teñida de curiosidad, dejó todo el cansancio y los lamentos a un lado. Un monumento allí recuerda el sitio desde donde estaban, vigilantes, los rebeldes; sitio de mármoles sencillos, que señorean sobre la cuesta y nos señalan, aún hoy, dónde estaba el Cuartel.

La mezcla única del verde, las montañas, el mar, –típico horizonte guamense–, sustrajo el cansancio en la marcha. Al llegar, entonamos el Himno Nacional y, después, dimos paso a los versos de un joven graduado (de Derecho) que evocó días gloriosos de la Sierra Maestra. Un pionero recordó el combate que marcó, en palabras de Fidel, la mayoría de edad para el novel Ejército. Las lágrimas, con el recuerdo del padre de una de nuestras compañeras, también participante en el ataque, conjugaron deseo, emoción,  orgullo, fotos, la anécdota oportuna y el recuento.

Luego vendría el descenso, no el descanso. Alguien había alertado que, después de aquello, no habría energía para más. Error de Nostradamus improvisado. Nadie sabe si fue la meta cumplida, la energía de un encuentro con la Historia o, simplemente, de esa cualidad humana de beber de la emoción y de la fuerza, pero lo cierto es que después hubo más sonrisas y más compromisos.

Al llegar, nos esperaban las “muchachas” de Longevidad Saludable, que allí prefieren ser llamadas “Las Atrevidas”, con canciones, poemas y décimas, para hacernos entender el porqué del sobrenombre. La osadía no les viene de la falta de temor para enfrentarse a su público, sino del atreverse a envejecer con alegría, con más sueños, con más dignidad.

En El Uvero aprendimos ayer que hay derecho a cansarse y, también, que es mayor el deber de sobreponerse. Los que no lo crean, decídanse a recorrer el camino hasta allá. Después, nos cuentan.

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