Discurso de la Primera Graduación en la Universidad de Oriente

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Pronunciado por el Dr. Pedro Cañas Abril, Decano de la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Oriente, el 10 de mayo de 1952, durante la primera graduación de esta Casa de Estudios.

Sr. Rector de la Universidad,

Señoras y señores:

En esta hora solemne, un poco sacramental, de la investidura académica a los primeros graduados de la Universidad de Oriente, permítaseme dirigir una breve mirada de recuento al inicio de la obra que hoy rinde sus primicias profesionales.

Hace un lustro, la Universidad de Oriente, sueño de siglos, cristalizó en existencia material. Pocas veces un anhelo de cultura superior se ha mantenido tan larga y reiteradamente, a través de los años y de las adversidades, como esta aspiración de establecer un centro universitario en Santiago de Cuba.

Por lo  menos desde mediados del Siglo XVIII, la fundación de la Universidad santiaguera, ya semi constituida en el Seminario de San Basilio el Magno, se intenta múltiples veces, a lo largo del periodo colonial; y se reproducen  también  repetidamente los esfuerzos creadores en la época republicana.

Sin embargo, como si un destino malévolo se obstinara en combatir la idea universitaria en Santiago de Cuba, siempre naufragaban los proyectos fundadores cuando ya parecían arribar a su realización.

La Colonia y la República, por igual, defraudaron,  una y otra vez, sordas y ciegas, este firme anhelo de cultura superior.

Mas:

“Todo noble tesón, al cabo alcanza

fijar las justas leyes del Destino”.

Y así, en 1947, bajo el impulso dinámico e infatigable de ese caballero andante de nuestros días que es Felipe Salcines, un grupo de hombres de buena voluntad nos entregamos a la tarea de viabilizar la obra gestada por dos siglos de esfuerzos.

El fruto, elaboración lenta de factores históricos  y sociales,  ya estaba maduro, y el «fatum» adverso quedó vencido por la ilusión tenaz de un pueblo que no se rendía nunca. Aquel puñado de hombres de mucha fe, legatarios de una tradición y una pelea que hundían sus nobles raíces en lo profundo de nuestra historia, tuvimos el honor y el deleite de alcanzar el coronamiento feliz de los empeños tantas veces frustrados: la Universidad de Oriente ocupó su puesto en eI mundo de las realidades concretas.

EI 10 de Octubre de 1947, aniversario del alborear glorioso de Yara, inaugurábase el primer curso de nuestra Universidad. Aquella histórica mañana, los Veteranos de la Independencia, reliquias vivientes de la más excelsa realización patriótica nacional, celebraban un desfile conmemorativo en el que conducían, como símbolo sagrado, la ilustre campana de La Demajagua, traída especialmente desde Manzanillo para participar en la manifestación cívica. Una vez terminado este acto, los ancianos libertadores, sin previo concierto alguno con la Universidad, irrumpieron  en la sala donde efectuábase la solemne apertura del año académico, y depositaron el bronce augusto frente al estrado presidencial. Momentos de conmovedora tensión del alma experimentamos entonces los que tuvimos el privilegio de asistir a la imprevista ceremonia.

Nos pareció que la campana insigne, cuya voz inmortal estremeciera los cielos de la Historia para anunciar al mundo la emancipación de los esclavos y el preludio de la libertad cubana, volvía a presidir un nuevo amanecer de nuestro Destino como pueblo. El 10 de Octubre de 1868, la lengua sonora de La Demajagua tañía un dramático llamamiento de independencia  o muerte. El 10 de Octubre de 7947, su muda presencia nos recordaba los patéticos sacrificios del pasado y nos convocaba a seguir luchando por la redención de Cuba, esta vez mediante el servicio a la cultura y la forja de las conciencias, que son las grandes peleas por la virtud ciudadana y el progreso de la civilización, no menos imprescindibles para la vida y la dignidad de la Patria que la  liberación del coloniaje político; peleas que toda Universidad verdadera ha de sostener perennemente y que la nuestra ha fijado como condiciones esenciales de su naturaleza misma. Así, bajo la advocación de Carlos Manuel de Céspedes, el fundador egregio, abrió sus cursos la Universidad de Oriente.

¿Cómo no revivir ahora, en esta ocasión inaugural de la mayoría de edad universitaria, el recuerdo de aquel simbolismo, para estimular nuestras propias fuerzas diciéndonos que hemos sido fieles a nuestro deber y que no hemos cejado en nuestras batallas por el bien y la cultura? En medio de las más difíciles circunstancias, nuestra Universidad ha ido rindiendo sin claudicaciones su jornada fervorosa de servicio a los altos intereses nacionales y humanos, labor más necesaria ahora que nunca, por el eclipse de la vida institucional y la subversión del Derecho que sufre nuestra patria. La Universidad ha sabido mantenerse limpia, serena y vertical frente a riesgos innumerables, ejerciendo siempre su ministerio de civismo y de cultura, con el decoro y la alteza de miras que le corresponden. La Universidad ha cumplido todos sus deberes, los de la ciencia y los de la conciencia.

Cuando establecimos esta Casa de Estudios, nos esforzamos cuidadosamente en sentar bien los principios medulares de la fundación, porque entendemos que una Universidad sin espíritu no es Universidad. Muchas existen que son meros cascarones  vacíos; burocracias inertes, refugios trasnochados de la simulación verbalista, donde no hay ciencia, ni formación, ni ética; donde no hay cultura, en una palabra. Copiar el ejemplo de una Universidad así hubiera sido un crimen contra Cuba, porque es malo no tener Universidad, pero es peor tener una Universidad falsa, cofre de Pandora capaz de engendrar todos los fraudes, mimetismos y deformaciones de la cultura y de la técnica. Ello nos llevó a preocuparnos por adoptar cánones que dieran a la nueva Universidad estructuración y funcionamiento esencialmente dinámicos y creadores.

En primer lugar, nuestro Establecimiento se ha creado sobre la base de calidad, no de cantidad. Se exige calidad al profesorado y calidad al alumnado. La alta cultura, tanto en lo especulativo como en lo profesional, es, principalmente, una cuestión de alta aptitud, de firme vocación, de disciplinado esfuerzo. Por tanto, es absurdo que malgasten su energía en tareas de estudios superiores quienes carezcan de dotes intelectuales para acometer fructíferamente  empeños de esa índole. Por calidad no debe entenderse el solo aspecto intelectual, sino también, y muy cimeramente, la valencia moral. Nuestra Universidad cultiva los valores éticos del ser humano como una de las funciones más altas de la colaboración social. Un artículo de nuestros Estatutos dice: «El perfeccionamiento armónico del estudiantado, en su triple aspecto intelectual, moral y físico, será objetivo constante de la Universidad».

La primera misión de un centro de esta clase debe ser la de forjar hombres integralmente cultivados, lo que vale decir hombres plenos, de espíritu libre, de sensibilidad armoniosa, de infatigable aliento de superación humana. En éstos injertará a los técnicos. He ahí lo fundamental: primero el hombre, después el sabio. Así, la Universidad ha de proporcionar efectivamente a los alumnos las bases de la experiencia vital y profesional que las realidades cotidianas les exigirán después de graduados.

Esto nos conduce a una enseñanza esencialmente formadora, activa y flexible. De ahí que nuestros Estatutos veden, como lacra abominable, el «pasivismo», consecuencia del aprendizaje verbalista y memorista, que hace: de los profesores, toca-discos de material muerto, y de los estudiantes, receptáculos aburridos e inertes. Tan grave consideran nuestras normas la enseñanza pasiva, que disponen la separación de todo catedrático responsable de esa defraudación pedagógica y cultural.

Para que, por exceso de estudiantes, nunca desciendan las tareas lectivas  al infecundo verbalismo y a la falta de experiencia y trabajos individuales, se han reducido las clases a un tope máximo de 25 alumnos por aula en la Facultad de Ingeniería y de 40 en las otras. Estos límites se estrecharán más, tan pronto las condiciones económicas de la Universidad lo permitan.

Se han prohibido los exámenes memoristas. El aprovechamiento de los alumnos se mide por un sistema de pruebas y trabajos frecuentes,  en que se valoran todos los aspectos de su actividad cultural. El alumno que no mantenga un nivel satisfactorio de aptitud y de progreso, es dado de baja. La Universidad aspira a que sus estudiantes y graduados constituyan un personal de selección, en lo cultural y en lo profesional.

Nuestra Casa de Estudios está definida así por uno de sus cánones: «La Universidad de Oriente es un centro de enseñanza e investigación superiores, destinado al desarrollo de la alta cultura, a la orientación y mejoramiento de los valores cívicos y morales, al progreso de la técnica y a la preparación profesional». Ahí se condensa todo el programa de nuestra Universidad y se valoran sus fines. Como puede advertirse, en el primer plano está la cultura, en lo inferior, las profesiones; y no es mero accidente, sino responsable actitud de filosofía educacional. Pero no concebimos la Universidad como una torre de marfil, reducto de una clase superior desconectada del drama de la vida y de los problemas colectivos. Por el contrario, el Estatuto ordena: «Los fines y funciones de la Universidad responderán siempre a una elevada función de utilidad social y de servicio al pueblo». En este mundo lleno de dolor, de injusticia y de locura, quien no sirva al pueblo no tiene derecho a existir.

Y una palabra más sobre las concepciones cardinales de nuestra institución: su escudo exhibe un lema que proclama: «Ciencia y Conciencia». Ahí está, en síntesis, el alma de nuestra Universidad. Cultivamos el saber, la investigación, la técnica, los valores de la inteligencia; pero cultivamos al mismo tiempo la ética, la estética, la cívica, los valores del corazón, sin los cuales el hombre no adquiere calidad humana. ¡Ciencia y conciencia! Así es como queremos que sea siempre nuestra Universidad: ciencia y conciencia.

Nuestra Casa de Estudios ha realizado todo lo posible por ajustar su conducta a esas normas fundamentales de su ser. Lo demás, lo que se ha hecho en otros aspectos para la defensa, consolidación y superación de la Universidad, sería largo de narrar y, por ello, impropio de la presente oportunidad.

Esta noche, al efectuarse por primera vez la investidura de nuestros graduados, nos parece como si termináramos un intenso capítulo de la historia universitaria, y nos invade una gran emoción, que nos ha llevado a evocar las etapas iniciales  de nuestra Casa de Estudios, porque nos despedimos de nuestros alumnos fundadores, compañeros en aquellas inolvidables jornadas; porque sentimos profundamente la responsabilidad del producto en el momento de lanzarlo hacia la gran prueba de la vida, y porque en lo hecho van quedando jirones de nuestro ser; entrega amorosa del cuerpo y el espíritu a una empresa en la que hemos comprometido todo nuestro corazón.

Por otra parte, es útil y oportuno que recordemos el comienzo, a la hora de la despedida, para que no se nos olviden los ideales creadores. Renovemos, pues, en esta ceremonia solemne, la promesa de cumplir los deberes que nos impone la condición de universitarios. El primero es el de ser buenos, el segundo es el de ser cultos.

Y a repetir una vez más ese mensaje, dicho por nuestra Universidad en toda ocasión propicia, vengo yo aquí hoy, en nombre del Consejo, porque es saludable y prudente recalcar el credo a la hora de la partida, al decir adiós a ustedes, primeros graduados, amigos entrañables, aunque nuestro adiós no sea en el fondo más que un breve hasta mañana. Sí, hasta mañana solamente, porque en nuestra Universidad el graduado que cumple sus deberes, esos dos deberes esenciales de ser bueno y ser culto, pertenece a la familia universitaria y sigue formando parte de esta Casa de Estudios, que es su casa, por toda la vida. No hablo en lenguaje figurado. Estoy refiriéndome a una norma real de nuestra Universidad, inserta de modo tácito en los Estatutos y de modo expreso en las resoluciones del Consejo. «El graduado es miembro de la Universidad, tendrá participación en las actividades culturales de la misma, se le escuchará en el Consejo y se le dará toda la ayuda factible para la solución de sus problemas. El Consejo dictará las normas reglamentarias que sustancien efectivamente el principio de la vinculación espiritual y material del graduado a la Universidad». Así declara un artículo de nuestra legislación, aprobado por el Consejo, en concordancia con nuestra filosofía universitaria. Y así será en la realidad.

Puesto que los graduados formarán siempre, de por vida, parte de esta Casa de Estudios, se comprende el profundo interés de la Universidad en que sus diplomados sean el mejor producto posible y se mantengan siempre en el más alto nivel de conducta humana y de conducta cultural. Claro es que la Universidad tiene otras poderosas razones para esforzarse por la consecución de buenos graduados; pero lo que importa destacar al Consejo en esta hora emotiva de la primera investidura, es la obligación que tiene el graduado de seguir siendo universitario toda la vida y la obligación que tiene la Universidad de seguir siendo perpetuamente madre tutelar y guiadora del que pasó de la condición de alumno a la de graduado. Hay una obligación recíproca de gran trascendencia en el vínculo permanente que así establecemos. Es una obligación sagrada, sobre la cual deseamos asegurar nuestro aporte a la más bella de las construcciones humanas: el hombre bueno y culto, que debe ser la aspiración suprema de los órganos educacionales, particularmente de las Universidades, porque del hombre bueno y culto saldrán siempre los mayores bienes para la estirpe humana, tan lejos aún de haber superado la barbarie que destila de su bestialidad primigenia y de su ignorancia mayoritaria.

Naturalmente que la Universidad se empeña en forjar ese hombre bueno y culto durante el periodo estudiantil. Nadie discute ya que el deber primero de la Universidad no sea el de crear hombres cabales. Pero es que no basta la siembra de los años juveniles para la seguridad de que el producto, el graduado, siga manteniendo a lo largo de su vida, ese balance de buena persona, buen ciudadano, buen profesional, y hombre de gusto, de sensibilidad y de interés por la cultura, que es el individuo integralmente educado. Para que este fruto exquisito se salve del impacto grosero y disolvente de la lucha por la existencia, en la que tantos valores del espíritu se arrinconan y secan, sofocados por la hipertrofia de los instintos egoístas y el peso deformador de los incentivos materiales, se necesita garantizar que nunca pierda el graduado su nexo estimulante, orientador y fecundo con la Universidad, que le transfundirá mágica fuerza y frescura en cada contacto, como la tierra a su hijo Anteo, y se conservarán así, para su propio bien individual y para bien de la sociedad, los puros valores humanos y culturales que la Universidad, en su misión de servicio público, está en el deber de salvaguardar por encima de todas las cosas.

Pero si la Universidad  tiene la obligación de ayudar y guiar a sus graduados, éstos, a su vez, tienen la obligación de ser siempre universitarios, quiere decir, hombres cultos, porque quien no es culto no es universitario, aunque posea un diploma de Doctor. Culto es el hombre cultivado en el saber general, en la sensibilidad estética, en las disciplinas que carecen de un interés técnico específico. El mundo está lleno de profesionales incultos. Esos «bárbaros tecnificados», especialistas que ignoran todo lo que cae fuera del estrecho sector de su pericia utilitaria, son, por excelencia, los enemigos de la cultura general, los antiuniversitarios, pese a sus títulos, pese a que, en ocasiones, hasta son catedráticos de las Universidades. Podrán ser técnicos y profesores eminentes; pero no son universitarios, porque no poseen el espíritu de la Universidad, que es, ante todo, un aliento de cultura desinteresada y genérica, una visión comprensiva de lo humano y lo cósmico, una armoniosa interpretación  de lo universal.

Por supuesto que ninguna de estas afirmaciones implican ni la más remota sub-estimación de la Universidad como formadora de profesionales; pero, junto con esta elaboración de técnicos, debe ir, indispensablemente, la dosis adecuada de cultura general, para que no se produzca esa monstruosidad que es el profesional inculto, engendro pernicioso y negación de los más altos fines universitarios, contra el cual, por ventura, están reaccionando ya casi todas las instituciones educativas.

Ser universitario, lo repito, es una jerarquía que nos impone responsabilidades. Los deberes básicos insertos en esa investidura, consisten, vuelvo a expresarlo, en ser buenos y ser cultos, vale decir, conservarnos fieles al espíritu de la Universidad y, por tanto, mantener nuestra cultura integral, nuestro cultivo armonioso del saber, la sensibilidad y la conducta. ¡Seamos cultos! es la invocación que debiera grabarse en el frontispicio de todas las universidades y hacerse conciencia en el alma de todos los universitarios.

Por lo que concierne a nuestra Casa de Estudios, pondremos la más firme voluntad en conseguir que el ideal de cultura viva plenamente en cuantos formamos la familia universitaria, de la que ustedes, graduados, constituyen parte fundamental. Queremos y necesitamos que ustedes continúen ligados a la Universidad, que nos visiten con frecuencia,  que usen nuestras bibliotecas, laboratorios y museos, que asistan a nuestros cursos, conferencias, audiciones y demás actos culturales, que concurran a los acontecimientos deportivos de nuestros alumnos, que utilicen nuestros servicios de orientación profesional, que nos consulten sus problemas, que dirijan peticiones y sugerencias al Consejo, que cooperen al mejoramiento de esta Casa —que es de ustedes tanto como de los profesores y estudiantes—, con el vivo interés de quien defiende a su familia y a su hogar. Ayudémonos todos. La Universidad a ustedes, ustedes a la Universidad. Así nos beneficiaremos unos y otros, y en ese clima de fecunda comunión rendirá sus más bellos frutos el espíritu universitario, fuente de los más altos dones de este mundo y acaso baluarte final de la esperanza en un destino mejor para la humanidad.

Tenemos fe en ustedes. Confiamos en que siempre cumplirán sus deberes de universitarios. Nos consta que ustedes son buenos, y es difícil que la formación moral se resquebraje después de sólidamente fijada. Por eso no hemos insistido mucho en el deber primero, la virtud humana, exigible, sin excusa, a todos los universitarios. No hace falta predicarlo a quienes son ejemplos obvios de su cumplimiento. En cuanto al segundo de los deberes cardinales universitarios, el de ser cultos, sí es conveniente martillar hasta que nos duela el brazo, porque, aunque todos ustedes lo han cumplido hasta aquí en sus años de Carrera, es fácil olvidarlo o desatenderlo, en la vorágine de la existencia banal y materialista que vive el mundo presente. Ahí está el riesgo de caer en la incultura, en lo antiuniversitario, en la defraudación de nuestros más nobles fines. Y ese es el motivo de que insistamos  tan ardorosamente en la necesidad de ser cultos. Perfeccionemos nuestro saber técnico profesional, pero no descuidemos jamás nuestro saber culto. De lo contrario, traicionaríamos el espíritu de la Universidad. Y entre ustedes no puede haber traidores.

Queridos compañeros graduados, vanguardia inolvidable de esta Universidad tan dolorosamente nuestra —de ustedes y de nosotros—, por mandato y en nombre del Consejo me ha correspondido el honor de trasmitir a ustedes unas palabras de recuerdo y exhortación. Estoy seguro de que no caerán en suelo estéril. Nuestra Universidad espera que cada uno de ustedes sea siempre digno de ella, que cada uno de ustedes sea siempre ciencia y conciencia.

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