La hegemonía cultural en las campañas desestabilizadoras (I)

La cultura, en el sentido amplio de la palabra, y como promotora de ideologías, pensamientos, actitudes, comportamientos, representa para un estado un arma poderosa; quien la controle tiene mucho que ganar o perder. Según los entendidos, parte de la batalla en el terreno de las ideas, se libra desde allí. Los gobiernos capitalistas tienen bien claro esto, por lo que no dudan en usarla como arma para someter a las masas.

Muchas campañas desestabilizadoras contra Cuba han tenido como protagonistas a los artistas, en su mayoría cubanos; en menor medida se han sumado de otras nacionalidades. La muestra más reciente de lo dicho, en Cuba, fue el 26 de noviembre del 2020, cuando un grupo de artistas y pseudo artistas decidieron armar un show mediático ante el Ministerio de Cultura.

Con certeza hubo allí quienes sabían lo que hacían; en cambio, otros estaban confundidos y no sospechaban que eran parte del poder de la “hegemonía cultural del capitalismo”.

La “hegemonía cultural del capitalismo” se sustenta sobre la continua producción y reproducción del consenso: el de los dominados con la dominación, representando las diferentes esferas de la vida social. A ello contribuye, de manera decisiva, la llamada industria del entretenimiento. Un consenso social puede expresar una verdad concreta, pero los consensos no son verdades  per se; se construyen, y responden de manera general a los intereses de las clases hegemónicas.

La guerra por la hegemonía cultural no debe ser subestimada por ningún partido o gobierno. Un proceso gubernamental no puede avanzar sin el desarrollo de su base material, pero la victoria sobre el capitalismo es cultural. La cultura del tener y la del ser contraponen dos conceptos de vida y de felicidad: el primero sustenta el éxito personal en la posesión de bienes materiales (“se es lo que se tiene”), y el segundo, en la participación y el aporte social del individuo, el conocimiento (la máxima por cumplir sería: “se tiene lo que se es”).

El capitalismo manipula sus propios enunciados en crisis para reconducir de vuelta a los inconformes. Desideologizar las protestas y reciclarlas dentro del sistema, es la alternativa del mismo. Sus ideólogos están detrás de la barrera, pero su función no es explicar, sino abrir zanjas para, donde aparezca, desviar el torrente humano de vuelta a casa, a la casa del modelo en crisis.

La cultura del consumismo, que es la del capitalismo, atenta contra la convivencia humana; paradójicamente, los consumidores, los reales y los potenciales, reclaman “el tener” prometido. Si el modelo cultural sigue siendo el mismo; si los problemas sociales se atenúan desde el asistencialismo burgués, y los medios convierten en héroes a los mega ricos, a los que tienen, y no a los que son, a los que más consumen y no a los que aportan más, entonces el horizonte personal de cada ciudadano será tener más. 

El sistema capitalista consolida los modelos de éxito social, explícitos en el sistema de medios masivos. Son más efectivas las llamadas páginas sociales, con sus descripciones de bodas, fiestas, vacaciones, mansiones y chismes de “sociedad”. En esas aparecen banqueros, industriales y especuladores financieros, el clero y la antigua nobleza, artistas y deportistas bien remunerados, etc. Corren con menor suerte las páginas de opinión; en las que se habla sobre la base de “verdades” consensuadas o impuestas que nunca se discuten. Todo ello se traslada ahora a internet; los “famosos” describen su supuesta vida de lujos, ajena a compromisos reales, en Instagram o en cualquier otra red social.

Los grupos de éxito social tienen su propio top ten, sus diferentes star system, siempre avalados por el dinero devengado; a sus integrantes se les elaboran historias personales y perfiles sicológicos atractivos, como productos de mercado, entre los que sobresalen los deportivos (Grandes Ligas, Liga española o europea de fútbol, NBA), y los artísticos (Hollywood y los Oscar, la industria musical y los Grammy, etc.). Incluyen los listados más inverosímiles: los diez más ricos del planeta, los diez más hermosos o sexys, etc. Ese modelo de éxito, basado en la cultura del tener, acaba por interconectar sus modalidades: los más ricos lógicamente se casan por amor, por interés o por breves períodos de marketing, con los más hermosos o los físicamente más fuertes.

Un factor decisivo, de índole cultural, es el mantenimiento de la esperanza en las clases subalternas de que es posible “avanzar” hacia niveles superiores de consumo (según los estándares de una sociedad dividida en clases).

El triunfo en el capitalismo se asocia indefectiblemente al dinero, sin importar su origen, y el esfuerzo personal en el trabajo no suele conducir al éxito prometido; el sistema abre pequeñas válvulas de entrada, ajenas al aporte social del individuo: la herencia, el juego en todas sus modalidades, el matrimonio de conveniencia, lo mismo para la mujer que para el hombre, el robo de cuello blanco o de pistola en mano (siempre que el autor logre evadir la justicia).

Se juega peligrosamente a enaltecer, a la vez que se le combate, como necesidad regulatoria, a personas que han alcanzado notoriedad y fortuna mediante el crimen organizado. Por otra parte, los medios enfatizan mucho el “origen humilde” de algunos “triunfadores”, sobre todo en sectores donde el talento sirve para distraer a las masas, como en la industria del entretenimiento. El mercado del deporte se convierte para los más pobres en un camino por transitar.

La cultura llena la espiritualidad y mueve los sentimientos, eso explica el énfasis que le pone el imperialismo a dominar a los artistas cubanos o de cualquier otro país revolucionario.

En segundo trabajo seguiremos conociendo acerca de la influencia de la hegemonía cultural en las campañas desestabilizadoras.

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